Durante los últimos años, y quizás como un mecanismo de supervivencia, decidí alejarme de lo que ocurre diariamente en mi país de origen, Venezuela. Asumo mi decisión, y lamento que con ello me haya alejado de algunos de mis seres queridos, pero, resulta simplemente demoledor hablar constantemente de una situación que no mejora y que cada vez parece caer más y más profundo en un abismo sin fin.

A pesar de esto, y especialmente desde hace unas semanas, es imposible poder ignorar lo que sucede en Venezuela. Para explicarlo en simples términos: durante casi dos décadas de “gobierno revolucionario,” el Poder Ejecutivo ha secuestrado todos los poderes del Estado, hasta el punto que el Poder Judicial ha despojado de sus funciones al Poder Legislativo, tan sólo por el hecho de estar conformado mayoritariamente por opositores a Nicolás Maduro. Lo que ha ocurrido como consecuencia de este golpe a la institucionalidad, ha sido algo sin precedentes.

Miles de personas se han volcado a las calles diariamente, tomando su frustración y petición de elecciones como únicas armas. Mientras tanto, el gobierno despliega a fuerzas del orden público para impedir que quienes protestan lleguen a las oficinas del Estado, o a donde quiera que se hayan propuesto llegar. Barricadas, tanques de agua, nubes de gas lacrimógeno y agentes policiales reprimiendo a civiles se han convertido en el día a día en las ciudades más importantes del país.

Del otro lado de la pantalla, en el mundo paralelo en el que viven quienes siguen al gobierno, todo se trata de un intento desestabilizador de poderes extranjeros, ante lo cual el presidente y sus más cercanos colaboradores responden bailando. Sí, bailando, así como se baila en una celebración o festejo de algo alegre, mientras lo que sucede en la realidad no tiene nada que ser celebrado.

El ambiente polarizado que hay en Venezuela desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, ha dado cabida a dos mundos paralelos. Dos países paralelos que viven en un mismo territorio, en el que la tolerancia es un concepto ajeno para la mayoría y en el cual, el reconocimiento de posturas diversas es una debilidad y no una fortaleza. Sin embargo, con la crisis que atraviesa el país, todos, sin importar tu tendencia política se enfrentan a la realidad de que no hay medicamentos, o que la escasez de productos básicos se trata de algo palpable, nadie escapa del crimen y por más dinero que ganes parece no alcanzar para vivir dignamente.

A pesar de mi preocupación por lo que ocurre en Venezuela, parece no haber una salida clara a la crisis, o a que el gobierno chavista acepte que su mala gestión es responsable del oscuro presente económico y social. A veces analizando escenarios, pensaba que una convocatoria a una Asamblea Constituyente podía servir como un mecanismo para medirse y si la oposición contaba con una mayoría, se reflejaría en nuevas reglas de juego y la apertura de un nuevo episodio en la vida Republicana de Venezuela. Pero no sucedió así, el gobierno de Maduro decidió jugarse la carta de la Constituyente, pero en sus términos, sin abrir la posibilidad de que se elijan abiertamente a quienes redactarían una nueva Constitución, dandole una nueva patada al orden institucional y creando una Asamblea Nacional paralela que no tiene como objetivo crear una Constitución, sino estar por encima de la actual.

Las consecuencias de toda esta situación está por conocerse, sin embargo lo único que parece cierto es que hay un pueblo en la calle, que no quiere dejar esto en las manos de alguien más, o de esperar otra década por un cambio que es inevitable, y que parece ser el único obstáculo frente al progreso, la esperanza y la libertad. 2017-04-04t171019z_1_lynxmped331aj_rtroptp_4_venezuela-900x600

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